Martín Morúa Delgado y su capital político: necesidad de su estudio en las investigaciones  
históricas  
Yoel Rodríguez Ochoa  
Perla Yanet Quintana Pérez  
Volumen: 18  
Número: 1  
Año: 2026  
Recepción: 29/06/2025  
Aprobado: 17/09/2025  
Artículo de revisión  
Martín Morúa Delgado y su capital político: necesidad de su estudio en las  
investigaciones históricas  
Martín Morúa Delgado and his political capital: the need for its study in historical  
research  
1
Resumen  
Desde el periodo colonial de la historia de Cuba hasta el siglo XXI, hechos,  
personalidades y procesos de índole política trascendieron en la Mayor de las Antillas.  
En buena parte de ellos, los historiadores han manifestado valoraciones reduccionistas  
y teleológicas, olvidando en ocasiones el singular papel de nuestra profesión: el análisis  
desprejuiciado, objetivo, natural, cívico y alejado de posiciones ideológicas. Ello, sin  
dudas, lastra con una verdadera interpretación. El objetivo del presente artículo es  
explicar cómo Martín Morúa Delgado, alta figura de la política insular a inicios del siglo  
XX, se adjudicó de un capital político dentro del liberalismo cubano, a través de su  
desempeño. Los métodos científicos utilizados fueron el análisis y crítica de fuentes y el  
hermenéutico. Ambos indispensables para interpretar la documentación de naturaleza  
primaria y secundaria depositadas en centros de información como Archivo Nacional de  
Cuba. Entre los resultados obtenidos se encuentran la presentación del alcance del  
pensamiento y acción de Morúa Delgado, manifiestos durante su fecunda labor política  
y, luego, tras su deceso en 1910. Además, el resultado parcial presentado forma parte  
de una investigación más extensa dedicada al análisis de su labor intelectual a favor de  
la integración nacional de los cubanos. Sirva el presente articulo para revelar el papel  
desempeñado por una de las personalidades de nuestra cultura e historia, más  
infravaloradas y que, sin dudas, desplegaron acciones para garantizar la plena  
integración de los componentes étnicos de la nacionalidad cubana.  
Palabras clave: capital político, procesos históricos, pensamiento intelectual, ciencias  
sociales.  
Abstract  
From the colonial period of Cuban history to the 21st century, events, personalities, and  
political processes have transcended the island. In many of these, historians have  
offered reductionist and teleological assessments, sometimes forgetting the unique role  
of our profession: unbiased, objective, natural, civic analysis, free from ideological  
positions. This undoubtedly hinders a true interpretation. The general objective of this  
article is to explain how Martín Morúa Delgado, a prominent figure in Cuban politics at  
1 Máster en Historia y Cultura en Cuba. Profesor Auxiliar. Universidad de Holguín. Holguín. Cuba.  
2 Máster en Desarrollo Cultural Comunitario. Profesora Auxiliar. Universidad de Las Tunas. Las Tunas. Cuba.  
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the beginning of the 20th century, acquired political capital within Cuban liberalism  
through his actions. The scientific methods used were source analysis and critique, and  
hermeneutics. Both are essential for interpreting primary and secondary source  
documents held in information centers such as the National Archives of Cuba. Among  
the expected results of this article is the presentation of the scope of Morúa Delgado's  
thought and actions, manifested during his prolific political career and after his death in  
1910. Furthermore, the partial results presented here are part of a broader investigation  
dedicated to analyzing his intellectual work in support of Cuban national integration. This  
article aims to reveal the role played by one of the most undervalued figures in our  
culture and history, who undoubtedly took steps to guarantee the full integration of the  
ethnic components of Cuban nationality.  
Key words: political capital, historical processes, intellectual thought, social sciences.  
Introducción  
La transdisciplinariedad es un recurso necesario en las ciencias sociales y humanas,  
que cada día adquiere mayor vigencia y significado. Ello sin dudas, propicia un mejor  
acercamiento, análisis e interpretación del campo de estudio, aunque prevalezca, el  
carácter disciplinar del investigador en cuestión.  
En el caso de las ciencias históricas, uno de los temas de estudios y análisis que  
merecen ser revisitados por enésima ocasión es la controvertida historia política. Por  
fortuna, la historia de Cuba, es atravesada en buena parte de su transcurso por la  
política. Desde el periodo colonial hasta el siglo XXI, hechos, personalidades y  
procesos de índole política trascendieron en la Mayor de las Antillas. En buena parte de  
ellos, los historiadores han manifestado valoraciones maniqueas, reduccionistas y  
teleológicas, olvidando en ocasiones el singular papel de nuestra profesión: el análisis  
desprejuiciado, objetivo, natural, cívico, y alejado de posiciones ideológicas. Ello, sin  
dudas, lastra con una verdadera interpretación.  
Las personalidades en el decursar del pueblo cubano, nación hasta lograr la  
nacionalidad cubana, en mucho de los casos se han adjudicado de un capital político  
importante, que como regularidad ha pasado desapercibido por estudiosos y analistas.  
En la adquisición de dicho capital político es necesario tener en cuenta los siguientes  
indicadores y variables: origen socioclasista; estructura familiar; bases del pensamiento  
intelectual y político; redes clientelares en su entorno; entrada, desarrollo y resultados  
en la política; legado de su desempeño; representación de su ideario.  
La Escuela de Historia de la Universidad de Holguín, junto al grupo de profesores e  
investigadores del Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, de la propia entidad de  
altos estudios, han desplegado en la última década valiosas interpretaciones sobre el  
pensamiento de figuras infravaloradas de la cultura e historia nacional. En tal sentido,  
se destacan las investigaciones dirigidas y desarrolladas por los Doctores en Ciencias  
Paul Sarmiento Blanco, Leidiedis Góngora Cruz, Samuel Quirino Oliveros Calderón, la  
Máster en Ciencias Yenicey Tamayo Serrano; entre otros. Sus resultados han tenido  
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salida en trabajos de diploma de la carrera Licenciatura en Historia, en tesis de  
Maestría en Historia y Cultura en Cuba, así como en el Programa Doctoral de Estudios  
Históricos y Filosóficos de la Identidad Nacional.  
Una de las personalidades que merece ser objeto de análisis e interpretación de  
manera equilibrada, sin apasionamientos ideológicos es Martín Morúa Delgado.  
Durante la primera década del siglo XX, fue uno de los ciudadanos que mayor capital  
político alcanzó en Cuba. Miembro del Partido Liberal y seguidor de quien fuera  
presidente de la República, el General José Miguel Gómez, Morúa se adjudicó de un  
legado importante por varias razones de peso. Ello le granjeó un importante capital  
político en las décadas venideras, a tal punto, que el año 1956 fue designado “Año del  
Centenario de Martín Morúa Delgado. Su creación intelectual y desempeño político, en  
sus 53 años de vida, avalan tal necesidad.  
Por tanto, el objetivo del presente artículo es explicar cómo Martín Morúa Delgado, alta  
figura de la política insular a inicios del siglo XX, se adjudicó de un capital político  
dentro del liberalismo cubano, a través de su desempeño. Los métodos científicos  
utilizados fueron el análisis y crítica de fuentes y el hermenéutico. Ambos  
indispensables para interpretar la documentación de naturaleza primaria y secundaria  
depositadas en centros de información como el Archivo Nacional de Cuba.  
Desarrollo  
Varios autores en la última década han publicado sus valoraciones sobre el capital  
político tras el desempeño de aquellos ciudadanos que ejercen como tales. Por  
ejemplo, académicos de universidades europeas han incursionado de manera visible en  
el mundo digital. El ensayo La carrera política y el capital político (Alcántara, 2016)  
despliega una teoría novedosa para el estudio de las carreras políticas, teniendo en  
cuenta la entrada, desempeño y salida de esa controvertida e incomprendida carrera,  
que es la política. El autor asume, las experiencias acumuladas en Europa durante los  
siglos XX y XXI.  
Otros, al analizar la teoría sociológica de Pierre Bourdeu sobre los diferentes tipos de  
capital que él definió, logran explicar a partir de su aplicación, el legado del capital  
político en países como Brasil, Chile, México, Francia y los Estados Unidos de América  
(Joignant, 2012).  
Por otro lado, las revelaciones de Pierre Bourdieu sobre el campo político en el contexto  
de las nociones claves de su teoría social aparecen en el artículo El campo político en  
la perspectiva teórica de Bourdieu (Meichsner, 2007), así como en Campo y habitus en  
el análisis de microcosmos políticos: el caso del lopezobradorismo (Sánchez Díaz,  
2020). Además, incursiona en las diversas formas del capital político, al político como  
actor en el interior de dicho campo, así como la relación con otros partidos políticos.  
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Dentro de la academia cubana, son muy limitados las investigaciones, artículos o  
ensayos relacionados con el variable capital político. Es escaso su análisis dentro de la  
historia política de Cuba.  
Las mentalidades de los insurrectos cubanos durante el siglo XIX son descritas y  
desarrolladas en la obra Ideología Mambisa (Ibarra Cuesta, 1967).  
Sin embargo, el desempeño de los partidos políticos, su ideología, composición clasista  
de sus miembros, actitud ante los problemas nacionales, aparecen desarrollados en  
Cuba: clases sociales y partidos políticos: 1898-1921 (Ibarra Cuesta, 1992). La  
sagacidad de este historiador se manifiesta a través de articular metodológicamente el  
procesamiento científico de las fuentes con la teoría desarrollada ajustada al contexto  
histórico-concreto manifiesto en Cuba desde la intervención militar de Estados Unidos  
en la Guerra con España hasta inicios de la tercera década del siglo XX. Otra de las  
virtudes reveladas por Ibarra Cuesta es la armonía existente en las clases sociales con  
la membresía de los partidos políticos cubanos de las primeras décadas republicanas.  
No deja de observar, una variable importante: la hegemonía de los Estados Unidos en  
la política, sociedad y economía cubanas, en un periodo de plena expansión  
imperialista.  
En la historiografía nacional, no se ha desplegado un análisis profundo sobre el capital  
político de Martín Morúa Delgado, quien fue uno de los sujetos de “color” involucrados  
en los debates sobre la imposición de la Enmienda Platt a la Mayor de las Antillas, así  
como también en los debates de la Asamblea Constituyente de 1901. Es justo destacar  
que su adversario político y también miembro del Liberalismo, Juan Gualberto Gómez  
también estuvo presente en ambos momentos indispensables en el futuro inmediato de  
Cuba.  
Por otro lado, Morúa fue Senador de la República y secretario de Agricultura del  
gobierno de José Miguel Gómez (1909-1910). De hecho, la muerte lo sorprende en la  
Estación de Agronomía en Santiago de las Vegas, mientras fungía en esa cartera  
ministerial.  
Por último, fue el político que creó y presentó ante el Senado de la República la  
controvertida enmienda homónima legislativa que ilegalizó la Asociación Independiente  
de Color fundada en 1908 y luego Partido Independiente de Color en 1910. Este  
documento consistía en una enmienda al Artículo 17 de la Ley Electoral del 14 de  
febrero de 1910.  
Tras su aprobación en la Cámara Alta, el terreno quedaba listo para su presentación y  
aprobación en la Cámara de Representantes. Desafortunadamente, el 28 de abril,  
muere a causa de angina de pecho, el senador Morúa, y no pudo vivir el destino final de  
su propuesta legislativa antes de convertirse en Ley y oficializarse por las instancias  
gubernamentales del estado cubano.  
Finalmente, el 2 de mayo de 1910, la Ley Morúa se aprobó por la Cámara de  
Representantes y se publicó en Gaceta Oficial doce días después. Este hecho  
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relacionado con la eliminación de un partido integrado exclusivamente por negros y  
mestizos, cuya propuesta procedió de un ciudadano cubano de “color”, le granjeó una  
popularidad, especialmente en los altos círculos de la política en Cuba. Tras treinta  
años de lucha por alcanzar la independencia de España, donde blancos y negros de  
manera mancomunada gestaron el cese del dominio colonial peninsular en 1898, no  
podía admitirse bajo ningún concepto una división entre los dos principales  
componentes étnicos de la nación y nacionalidad cubanas. De hecho, Morúa  
consideraba que para que el elemento no blanco o de color se lograra integrar  
plenamente a la sociedad cubana debía asumir la educación como un medio  
indispensable para lograr la movilidad social en aquél contexto de incertidumbre y  
tanteos de un estado nacional que no lograba consolidarse luego de dos períodos de  
ocupación estadounidense (1899-1902; 1906-1909).  
Tras el fallecimiento de Morúa, las altas instancias del Partido Liberal -incluido el  
presidente de la República, General José Miguel Gómez- en honor y veneración al  
malogrado político deciden fundar el Club homónimo.  
Para la clase política cubana- donde se incluían liberales y conservadores- la figura de  
Martín Morúa Delgado emergió como el paladín de la fraternidad racial. Su sistemática  
labor intelectual se encauzó en buena medida al reconocimiento del sujeto negro o  
mulato nacido en Cuba, como un ciudadano que debía adjudicarse sus derechos a  
través de la instrucción, el trabajo, el orden, la disciplina y el respeto a la legalidad.  
Todo ello en un contexto a inicios del siglo XX, donde en el imaginario popular insular  
había calado de manera importante el simbolismo de los independentistas tras treinta  
años de intentos belicistas por alcanzar la independencia y soberanía. Al irrumpir en el  
nuevo milenio iniciado en 1901, la representación de los antiguos oficiales del Ejército  
Libertador montados a caballo, portando una Colt, sombrero, zapatos con espuelas,  
constituían un simbolismo importante para las capas populares. E incluso, se  
adjudicarían la posibilidad de recurrir a la violencia, porque el pasado reciente  
independentista los legitimaba.  
Martín Morúa Delgado se adjudicó de un significativo capital simbólico y político tras la  
aprobación en el Senado y Cámara de Representantes de la Enmienda homónima que  
ilegalizaría al controvertido Partido Independiente de Color como asociación política del  
espectro nacional cubano. Ello ocurrió en 1910.  
Justamente, el 10 de febrero de ese año, en su capacidad de presidente del Senado,  
Martín Morúa Delgado presentó una enmienda al artículo 17 de la Ley Electoral vigente,  
que ilegalizó al Partido Independiente de Color, creado en 1908 por Evaristo Estenoz  
como una agrupación política que buscaba la representación de la raza negra dentro  
del Congreso republicano, en las elecciones generales que se efectuarían en  
noviembre de 1908, y que había sido aprobado el 7 de agosto de ese año por el  
Gobierno Provisional estadounidense. El dictamen de Morúa emerge como una  
paradoja histórica, cuando se tiene en cuenta que las Bases Programáticas del PIC  
contemplaban reformas de justicia social en las dimensiones económica, iuspolítica y  
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educativa de la sociedad cubana (Portuondo Linares, 2002, pp.37- 53), permeadas de  
un intenso nacionalismo, y similares, en su esencia, a las aspiraciones de aquel para  
alcanzar la cabal integración nacional en la Isla; de manera que Estenoz y sus  
correligionarios se habían constituido en los aliados naturales de Morúa.  
Un fragmento argumentativo del texto de la enmienda, denota su intención de impedir  
que el sistema pluripartidista fuera contaminado por intereses supranacionales de  
índoles étnica o clasista: “No se considerara, en ningún caso, como partido político o  
grupo independiente, ninguna agrupación constituida exclusivamente por individuos de  
una sola raza o color, ni por individuos de una clase con motivo de nacimiento, la  
riqueza o el título profesional” (Archivo Nacional de Cuba. Fondo Congreso de la  
República. Expediente 42582. Legajo 943. Folio 12).  
Seguidamente, el senador Morúa enfatizaría:  
… me mueve á hacer esta Proposición (…) para que se vea desde el primer momento el  
interés que á ello me mueve. Creo perfectamente inconstitucional la agremiación  
política, la organización de cualquier partido, su existencia en nuestra República,  
siempre que ese partido tienda á agrupar á los individuos por motivo de raza, ó de clase,  
siempre que esa clase no contenga en sí los elementos étnicos todos de que se  
compone la sociedad cubana. (Archivo Nacional de Cuba. Fondo Congreso de la  
República. Expediente 42582. Legajo 943. Folio 12).  
Al presentar su enmienda, Morúa también alertaría sobre la posibilidad de la  
transferencia de las relaciones sociales inficionadas por el racismo a la filiación  
partidista, lo que conduciría a la conversión de los partidos legitimados en  
organizaciones políticas enfocadas en los intereses del grupo étnico blanco con  
abandono de los nacionales:  
Desde el momento en que en cualquiera de los partidos existentes se le negara la  
entrada, el ingreso, a un individuo de color, merecería para mí el concepto de  
antipatriótico, porque vería en ello la exclusión de un elemento importantísimo del país  
cubano (…) Muy buen sentido han tenido hasta ahora todos los que se han empeñado  
en obra de organización política, al no hacer semejante cosa, porque hubieran incurrido  
seguramente en un absurdo imperdonable... (Archivo Nacional de Cuba. Fondo  
Congreso de la República. Expediente 42582. Legajo 943. Folio 12).  
Esta última parte de su discurso apenas suscitó atención, pero la enmienda suscitó una  
fuerte oposición y los consiguientes debates en el Senado. Salvador Cisneros  
Betancourt, su amigo y compañero de la causa independentista, justificó su actitud de  
rechazo con su oratoria vehemente:  
Deshonra, sí, es para el Senado que aquí se toque una cuestión de razas. Yo no  
puedo aceptarlo; creo que para el Senado todos los individuos son iguales. La cuestión  
de raza la creo perjudicial é impertinente, y no quisiera que aquí, en el Senado, se  
hablase de diferencias de razas. Nosotros, en la Revolución donde eran más los de color  
que los blancos, nunca tocamos la cuestión de las razas, porque para nosotros todos los  
individuos que peleaban eran iguales. De consiguiente, yo suplicaría al señor Morúa que  
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retirase su moción, porque no es posible que nosotros, la primera sociedad, la más alta  
sociedad de la República, podamos tratar de una cuestión perjudicialísima al país.  
(Archivo Nacional de Cuba. Fondo Congreso de la República. Expediente 42582. Legajo  
943. Folio 13, p. 113).  
Morúa, solicita la palabra para replicar las palabras de Cisneros Betancourt. El líder  
integracionista matancero continuaría con su posición consecuente y de sentido común  
ante un hecho que lo consideraba antinacional y laceraba la integración racial en el  
país:  
Yo, que sé que el Sr. Cisneros es un demócrata de pura sangre, por temperamento;  
yo que sé que él es incapaz de autorizar, por ningún concepto, nada que venga a dividir  
a los cubanos, quiero lo mismo que él quiere , quiero exactamente lo mismo que él pide ,  
y se pide en ese Proyecto (..) No es posible ocultar las llagas sociales; los males  
sociales, si existen, ahí están, hasta que los curen ; y no se rebaja en nada el Senado al  
hablar de la cuestión de razas, si la cuestión de razas existe (..) Lo que debemos, es  
buscar la manera, de que no exista, y de que si no por la educación hasta ahora, por la  
que va á venir y por la coerción de las leyes (…) y cuando una cosa no pace en la  
escuela desde el principio se va implantando, como ahora sucede, á mitad del camino, y  
si lo está, debemos auxiliar á esas ventajas, á ese cambio de temperamento que  
comenzamos a tener aquí desde que cesó la esclavitud y que hemos arraigado desde  
que se constituyó la República …(Archivo Nacional de Cuba. Fondo Congreso de la  
República. Expediente 42582. Legajo 943. Folio 14, p. 100).  
Morúa consideraba que los ciudadanos de un país, son iguales ante la ley, sin sesgos  
de ningún tipo. Para él, la familia y la educación en edades tempranas resultan  
fundamentales en atribuir a los sujetos la formación de una estructura axiológica que le  
permitan identificar el valor de las personas. La libre determinación para ingresar a  
cualquier asociación no puede estar condicionada por el color de la piel, ni origen  
étnico.  
El senador Cristóbal Laguardia también se pronunciaría en desacuerdo, atribuyéndole  
un carácter anticonstitucional:  
Entiendo, pues, que resultaría violada la Constitución al impedirse a alguien que se  
constituyera en partido político, aun cuando sea (…) la superposición de una raza sobre  
la otra. Entiendo que ése es un derecho inviolable e indiscutible, al cual no podemos  
oponernos. Entiendo que será una desgracia, que será muy perjudicial para la raza de  
color, sobre todo la formación de ese partido. Entiendo que no recibirá ventaja de  
ninguna clase, sino, antes al contrario, perjuicios; pero, a pesar de ello, mi respeto a la  
Constitución, a los principios democráticos y a los derechos individuales aunque  
enalteciendo como merece, la actitud del señor Morúame obligaría en este caso a  
votar en contra de su Enmienda. (Archivo Nacional de Cuba. Fondo Congreso de la  
República. Expediente 42582. Legajo 943. Folio 15).  
Al replicar los criterios del senador Laguardia, Morúa expondría:  
que una de las bases de la Enmienda, es, precisamente, el artículo once de la  
Constitución, donde se declara que no se reconoce privilegios entre los ciudadanos de la  
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República, y la diferencia se establece no así como quiera, sino nacional, con la  
constitución de un partido político que no admite á determinados ciudadanos, por razón  
de su color o de su raza. Y yo tengo de los partidos políticos una idea tan grande, que  
creo que son realmente el súmmum de la civilización, de los productos que l civilización  
actual nos ha dado, para mí, lo más grande de todo lo que compone una sociedad, es un  
Partido político. (Archivo Nacional de Cuba. Fondo Congreso de la República.  
Expediente 42582. Legajo 943. Folio 15).  
La democracia racial que defendía Morúa Delgado se sustentaba en los principios del  
liberalismo. Su confianza en la creación y despliegue pleno de un partido político, en el  
que los ciudadanos libres tuviesen el derecho de adherirse por diversas motivaciones  
era una condición indispensable para el funcionamiento de una sociedad moderna en la  
que se respetara el estado de derecho y las libertades individuales. En su intervención  
replicando al señor Laguardia, continuaría diciendo Morúa Delgado:  
Cada vez que hombres libres, conscientes de sus derechos, se reúnen y disponen de  
todas sus facultades y de sus derechos todos en conjunto y le dan esa representación á  
un individuo, y ese individuo los representa en todo, los defiende en todo, y no reclaman  
en sí, sino que dejan que sea su Jefe quien lo haga todo, considero que se ha llegado  
á tener una confianza grande no solo en el derecho que se posee, sino en aquél en  
quien se deposita y en el fruto que vá a recogerse; todo ello difundido en la sociedad.  
En el partido político se discute todo, se determina todo, se buscan todas sus reformas,  
todos los mejoramientos; es el partido político o por lo menos, tiene el propósito de ser, -  
el árbitro de la sociedad, el que la levanta, y debemos creer siempre que la levanta,  
porque ningún partido se crea para deprimir, para hacer descender á una sociedad, pues  
todos hacen por levantarla. (Archivo Nacional de Cuba. Fondo Congreso de la  
República. Expediente 42582. Legajo 943. Folio 15).  
Los demás juicios emitidos en contra, serían del mismo tenor de los anteriormente  
reseñados. Morúa replicaría con el argumento de que él se oponía a cualquier grupo  
político racialmente exclusivo, pues los cubanos no debían separarse según su raza.  
Además, vaticinó que una organización política integrada por negros podría  
automáticamente generar su opuesto, una organización compuesta solo por blancos, y  
que este precisamente era el conflicto que el proyecto de ley intentaba prevenir” (De la  
Fuente, 2000, p. 112).  
Es el criterio de este autor que Morúa tuvo que estar consciente de que, con su acción,  
sustraería capital político al liberalismo en general y a su figura en particular, entre el  
electorado de color y su liderazgo (notoriamente, Juan Gualberto Gómez), lo que  
excluye que se tratara de una maniobra oportunista proclive a explotar una coyuntura  
política favorable, ya fuese de su propia cosecha o en colusión con el líder liberal,  
general José Miguel Gómez. El autor ha razonado, asimismo, que la explicación se  
encuentra en la propia obra vital de Morúa: la admisión de un partido étnico (con tanta  
más razón, los que le sucederían) conduciría a erigir una barrera más en el camino de  
la integración nacional, un ideal traducido por Morúa como el bien supremo para la  
consolidación del estado-nación cubano.  
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Además, la violencia racial desatada en el marco de las contiendas por el poder entre  
organizaciones políticas de naturaleza étnica, podrían perjudicar las inversiones  
norteamericanas y poner en riesgo la institucionalidad republicana, y servir así de  
justificación para otra intervención norteamericana amparada en el Apéndice  
Constitucional. Finalmente, y ya en el camino de desentrañar las motivaciones reales  
de Morúa, este comentario suyo de antaño pudiera arrojar más luz acerca de su opinión  
sobre la formación de organizaciones políticas de la raza negra:  
Los negros reunidos jamás alcanzarán de los gobiernos otra cosa que beneficios para  
los negros. Y eso no es lo que debe buscarse. Mientras se hagan “concesiones a las  
clases de color” permanecerán éstas en la inferioridad a que las condenara el régimen  
pasado y las sujetan las rutinarias prácticas presentes. Todo hay que obtenerlo como  
miembros de la sociedad cubana y no como individuos de tal o cual raza. (De la Fuente,  
2000, p. 233)  
La Enmienda Morúa fue sucedida por una campaña de relaciones públicas, orientada  
hacia la preservación de la imagen del Partido Liberal como auténtico representante de  
los intereses de los negros y mulatos. En marzo de 1910, el presidente José Miguel  
Gómez realizó un periplo por el interior del país. En Cienfuegos, una de las ciudades  
donde el PIC había establecido una filial desde 1908, el presidente visitó la sociedad  
“Minerva,” al tiempo que el senador Morúa Delgado y el vicepresidente Alfredo Zayas  
brindaban por la unidad de todos los cubanos, en una recepción ofrecida por la aduana  
local. Poco más tarde, en la ciudad de Santiago de Cuba, representantes de las  
asociaciones de negros y mulatos se reunieron con el presidente Gómez, y este y su  
comitiva serían agasajados en la sociedad “La Luz de Oriente”. En el otro extremo de la  
Isla, en Pinar del Río, José Miguel Gómez se reuniría con los representantes locales del  
PIC, mientras que Alfredo Zayas visitaba las sociedades negras de Artemisa y llamaba a  
dar por concluida la triste página de divisiones raciales entre los cubanos. (De la Fuente,  
2000, pp. 113-114).  
Después de ese recorrido, en los primeros días del mes de abril, Martín Morúa  
Delgado culminaba su mandato senatorial y sería designado para la Secretaría de  
Agricultura, Comercio y Trabajo, el primer miembro negro en un gabinete cubano(De  
la Fuente, 2000, p. 114).  
Sin embargo, una súbita angina de pecho puso fin a su vida el 28 de abril de 1910 en la  
Estación de Agronomía en Santiago de las Vegas, mientras desempeñaba las  
obligaciones inherentes a su cartera ministerial.  
Pero aún faltaban, a manera de epílogo, las secuelas de su propuesta de enmienda, las  
cuales, desafortunadamente, se convertirían en las únicas o principales referencias que  
se pueden encontrar sobre su figura en la historiografía cubana posterior a 1959 (ver  
Introducción). Morúa falleció el 28 de abril de 1910 dejando su Enmienda sujeta a la  
discusión de la Cámara de Representantes, la cual estaba facultada para rechazarla,  
modificarla o aprobarla. Dentro de este cuerpo, encontró oposición por parte de un voto  
particular firmado por José Antonio González Lanuza, Santiago Cancio Bello Arango,  
Carlos Armenteros y M. Vera Verdura. Estos cuatro representantes habían rechazado la  
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Recepción: 29/06/2025  
Aprobado: 17/09/2025  
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totalidad del proyecto de ley y que, asimismo, se había opuesto a las modificaciones  
que le había hecho el Senado a la Ley Electoral; voto que no tenía como objetivo  
oponerse específicamente a la Enmienda Morúa, sino que estimaba improcedente la  
proscripción de una organización política que no había hecho armas contra el régimen  
vigente. Las siguientes líneas de dicho voto contribuyen a esclarecer su sustancia:  
Estimamos un error lamentable el que entre nosotros hayan creído algunos que debían  
organizar un partido político fundado solamente en una diferencia de color y de raza.  
Creemos que ello tiene graves inconvenientes, tan claros que es no es preciso  
detenerse a enumerarlos; pero si tal hacen, si aspiran, por ese medio, al mejoramiento  
de las condiciones políticas y sociales de sus afiliados, mientras no adopten para  
conseguirlo sino medios legales y pacíficos, no se pueden disolver, arrancar la bandera  
y prohibir su existencia, como se prohíbe la de las asociaciones ilegales, de índole  
punible(Portuondo Linares, 2002, p. 78)  
El voto particular fue desechado, la Enmienda fue aprobada por el órgano legislativo,  
sancionada por el presidente José Miguel Gómez el 4 de mayo de 1910, y publicada en  
la Gaceta Oficial doce días después. Los Independientes, que reclamaron su derogación  
insistentemente, no tuvieron éxito, y en la primavera de 1912 se levantaron en armas. La  
asonada concluyó en un fracaso rotundo debido a la carencia de visión política de sus  
dirigentes, que incurrirían en acciones de violencia anárquica que les restarían apoyo  
popular en una población en su mayoría étnicamente blanca, harta de violencia política,  
y temerosa de una tercera intervención estadounidense (que realmente ocurrió, aunque  
con la misión limitada a la protección de los bienes de sus connacionales en las zonas  
de guerra); y a la brutal e indiscriminada represión militar que se abatiría sobre sus  
bases sociales rurales en las provincias de Oriente y Las Villas (un efecto de la presión  
directa ejercida desde Washington sobre el presidente Gómez). (De la Fuente, 2000, p.  
116)  
Como se puede apreciar, las prevenciones de Morúa sustanciadas en su enmienda y la  
conversión de esta en ley, tuvieron el efecto contrario al anhelado, dada la carga de  
resentimiento racial latente en la sociedad cubana republicana, que sólo aguardaba por  
un hecho que operara como detonante. Pero no se trataría solo de la soldadesca  
blanca cubana masacrando a sus compatriotas rebeldes y civiles negros.  
Las secuelas de salvajismo punitivo asociadas a los eventos de la primavera y verano de  
1912, lejos de apaciguar en el imaginario popular el racismo, dieron lugar al desborde de  
ese tipo de tensiones. Un racismo blanco más agresivo y abierto, condujo a múltiples  
incidentes de confrontación y violencia, y la mayoría de ellos tendría como su origen  
común los intentos de ciudadanos blancos de imponer sus ideas acerca del lugar  
adecuado para los negros en la sociedad, y la resistencia de éstos a las arbitrariedades  
de aquellos. El acceso a los espacios públicos obraría como uno de los motivos más  
frecuentes de este tipo de escenarios. (De la Fuente, 2000, p. 118)  
El acceso ilimitado de los negros a los parques, las calles y ambientes análogos,  
representaba un indicador importante de su lugar en la sociedad, y se había convertido  
en una prueba fidedigna de la validez o no de la tan socorrida idea de la fraternidad  
racial cubana. Durante y después de la insurrección de los Independientes de Color, se  
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realizaron esfuerzos en varias urbes para expulsar a los negros de esos lugares, que  
culminarían en apasionados incidentes provocados por hombres blancos, contra la  
presencia de negros y mulatos en los mismos. Un ejemplo ilustrativo de estos estados  
de ánimos, puede encontrarse en las riñas tumultuarias interétnicas escenificadas en  
varias ocasiones durante junio de 1912, en el parque de la ciudad de Sagua la Grande,  
Las Villas, con el saldo de varios heridos(De la Fuente, 2000, p. 122).  
La segregación manifiesta en los espacios públicos no era novedosa, se trataba de una  
práctica sociocultural heredada de la época colonial, y diez años después del  
establecimiento de un estado independiente y teóricamente inclusivo para sus  
ciudadanos, adquiriría un impulso renovado por parte de sectores sociales racistas.  
La identificación de secciones “para blancos” en los parques centrales, devino en una  
grafía de la supremacía blanca sobre los espacios públicos y la simbología oficial. Las  
plazas de las ciudades en el interior del país, constituían espacios rodeados por las  
edificaciones y/o instituciones más importantes en la localidad, y la definición de  
secciones “para blancos” de manera exclusiva, sería asumida por un acto de resistencia  
contra las intervenciones de los negros en la política, y que ponía en tela de juicio la  
efectividad de la verdadera integración racial en la sociedad cubana. (De la Fuente,  
2000, p. 123)  
La Carta Magna de Cuba de 1901, no garantizaba explícitamente la participación igual  
de los ciudadanos no blancos en los ámbitos social, cultural, económico y político  
nacionales. La movilización y las presiones políticas se convertirían en recursos  
indispensables para contrarrestar esa situación, por parte de los grupos de negros y  
mulatos socialmente más conscientes, que arribaron a la conclusión de que la influencia  
política era crucial para ser miembros efectivos de la nación cubana. No obstante, el  
menor intento asociacionista (aparte de las Sociedades de recreación, gremiales y  
afines), hipotético o real, resultaba inmediatamente en imputaciones de que los  
afrodescendientes conspiraban para gestar una nueva insurrección con tintes  
revanchistas e iniciar así una nueva guerra racial. Situaciones de esta índole ocurrieron  
en Cienfuegos, La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba entre 1913 y 1915(De la  
Fuente, 2000, pp. 125-126).  
Tras el fallecimiento de Martín Morúa Delgado a finales de abril de 1910, los liberales  
presentarían al Gobierno Provincial de La Habana, la posibilidad de crear el Club Morúa  
Delgado, como digno homenaje al político e intelectual matancero. Para concederle un  
especial simbolismo a Morúa, se decidió crear una asociación política con domicilio en  
la ciudad de La Habana. Se propuso como fecha de apertura, el 28 de mayo,  
exactamente un mes después de su deceso (Archivo Nacional de Cuba. Fondo  
Adquisiciones. Legajo 75. Expediente 4313. Folio 5).  
Según sus estatutos esta asociación política tenía como objetivo:  
fomentar y desarrollar relaciones de afecto y amistad entre sus miembros, manteniendo  
y propagando las doctrinas liberales laborando por la consolidación de la nacionalidad  
mediante su concurso a todo Gobierno libremente elegido por el pueblo de Cuba con  
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arreglo a su Constitución y sus leyes y proponiéndose como fin principal la conservación  
de la tendencia democrática que, dentro de la política y la gobernación, sustentó el  
ilustre patriota Sr. Martín Morúa Delgado, cuya escuela política se fundamentaba en los  
principios cardinales de la igualdad, la libertad y la fraternidad, estrechando los vínculos  
de la solidaridad social y política entre todos los cubanos. (Archivo Nacional de Cuba.  
Fondo Adquisiciones. Legajo 75. Expediente 4313. Folio 2, p.145)  
Para consolidar el nivel de sociabilidad dentro del Club, el artículo 3ero. refrendaba la  
celebración de conferencias, veladas, debates, el establecimiento de un salón de  
lectura, la posesión de un órgano de prensa; así como el mantenimiento de relaciones  
cordiales con entes de la vida política y social del país. Dichas acciones desplegadas  
por el Club tenían como objetivo esencial cumplimentar sus propósitos fundacionales.  
Por su carácter estrictamente político, esta asociación evitaba desarrollar actividades  
festivas como bailes y verbenas. Aunque si desarrollaría juegos lícitos.  
La membresía del Club era otro de los indicadores fundamentales en el despliegue de  
esta asociación. Como resultaba una regularidad en las sociedades que funcionaban  
dentro del espectro asociativo insular. Existía un escalonamiento o gradación en la  
composición de los miembros. En primer lugar, se encontraban, los honorarios y  
protectores. Éstos tenían la posibilidad de contribuir mensualmente con una cuota  
mayor de un peso plata española; mientras que los socios numerarios abonarían  
mensualmente desde 25 a 50 centavos. Tras el logro de la independencia política  
cubana de la metrópolis española, continuaron circulando en la Isla, las monedas  
españolas y francesa.  
Sobre estos últimos, los socios numerarios, se enfatizaba en el reglamento del Club que  
todo ciudadano cubano afiliado al Partido Liberal podría solicitar su ingreso de palabra o  
a través de un escrito emitido por el presidente. Debería además presentar certificación  
de su filiación liberal y haber abonado la mencionada cuota de 25 centavos. Se  
precisaba además que mientras la Directiva del Club no aprobase su incorporación  
como socios numerarios, no tendría derechos a desempeñarse como tal.  
El respeto mutuo, la cordialidad y la tolerancia a las diferentes ideas políticas eran  
requisitos que en la constitución del Club fueron emanadas en el artículo sexto.  
Además, se enunciaba que los miembros se encontraban obligados a obedecer las  
reglas y disposiciones que se dicten por la Directiva para la conservación del orden  
interior (Archivo Nacional de Cuba. Fondo Adquisiciones. Legajo 75. Expediente 4313.  
Folio 3).  
Sobre el desempeño del presidente del Club se establecía que representaría oficial y  
legalmente a la institución, en la instancia correspondiente. En consecuencia, le  
correspondería: convocar las actividades sociales, presidir las juntas generales  
encausando y dirigiendo los debates. Además, sería el primero en cumplir y hacer  
cumplir los Estatutos, acuerdos y demás disposiciones. Asimismo, estaría encargado de  
autorizar con su rúbrica los cobros y ordenar los pagos; elaborar la documentación  
oficial, firmarla o visarla según corresponda. Estaría encargado de conducir la defensa  
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de los intereses comunes, impulsando la propaganda de los ideales políticos  
perseguidos por el Club; así como asumir el liderazgo de las fuerzas que se pudiera  
concentrar dentro de la amplia esfera de acción que le concede el artículo de los  
Estatutos.  
El Ejecutivo del Club Morúa recibiría las comunicaciones y solicitudes, peticiones y  
quejas de cualquier índole. Además, organizaría los servicios institucionales  
inspeccionando y dirigiendo toda clase de trabajo relacionados con los intereses  
comunes y dando las órdenes oportunas para la implementación de los acuerdos, la  
celebración de actos, etc. De manera extraordinaria o emergente, podría solucionar  
casos imprevistos que no dieran lugar a reunir la Directiva para tomar acuerdo (Archivo  
Nacional de Cuba. Fondo Adquisiciones. Legajo 75. Expediente 4313. Folio 4).  
Debe destacarse que el artículo 16to. enfatizaba que, en caso de disolverse la  
Sociedad, entonces el Presidente, el Tesorero Contador y el Secretario de Actas  
formarían una Comisión liquidadora, la cual se entendería en satisfacer todos los  
compromisos u obligaciones monetarias pendientes, donando los fondos sobrantes al  
Asilo de los "Huérfanos de la Patria", establecido en la ciudad de La Habana (Archivo  
Nacional de Cuba. Fondo Adquisiciones. Legajo 75. Expediente 4313. Folio 4).  
Conclusiones  
Al decir del investigador Maikel Fariñas Borrego, al entrar al siglo XX cubano, las élites  
diseñaban estrategias para sobresalir socialmente (Fariñas Borrego, 2009). Por tal  
razón, el Club Morúa Delgado propiciaría a los miembros del Partido Liberal trazar  
acciones para destacar en la sociedad habanera; así como alcanzar una importante  
representación social y política, dentro del entorno asociativo insular de entonces.  
Al designar a esta asociación política con el nombre del célebre senador matancero, los  
liberales ponderaban la imagen de una figura que gestionó la integración racial de  
blancos y negros, a partir del respeto a la legislación republicana vigente en Cuba  
desde 1901. Para Morúa las acciones afirmativas que negros, mestizos y blancos  
debían desplegar por el bien común pasaban por la indiscutida superación intelectual, la  
tolerancia política y el respeto a las leyes.  
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Dossier  
Procesos  
políticos.  
Conflicto de intereses: Los autores declaran no tener conflictos de intereses.  
Contribución de los autores: Los autores participaron en la búsqueda y análisis de la información para el artículo, así  
como en su diseño y redacción.  
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